Gustavo Oliveros
Más que frente a las noticias falsas, el periodismo hoy enfrenta un gran reto que va a ser difícil de superar, el de la inteligencia artificial, porque si jugamos a la verdad y a la mentira, es difícil descubrir si la IA miente, a diferencia de subir contenidos a las redes sociales. En neurociencia decimos que las malas noticias, así como las mentiras, son las que más se comparten porque el cerebro, en su afán de supervivencia, consume mucha energía al analizar los datos de forma objetiva. Por lo tanto, prefiere respuestas fáciles y rápidas; combatir la mentira y las malas noticias con verdades y buena información luce dificultoso desde su punto de vista, puesto que la calidad de la información debe recorrer un tramo largo que se inicia en el periodista y culmina en un público difuso donde lo veraz se confunde con lo instantáneo y la mentira con los deseos.
La inteligencia artificial transforma la producción de noticias al automatizar tareas rutinarias, analizar grandes volúmenes de datos y acelerar la investigación periodística; si la IA piensa, estamos mal y si no piensa, estamos peor. Un dilema difícil de responder. El caso es que funciona mejor que los seres humanos, precisamente por no pensar. Sin embargo, nos plantea profundos desafíos éticos y de sostenibilidad, como el procesamiento de lenguaje natural que le permite resumir documentos extensos, transcribir audios y detectar patrones ocultos en bases de datos masivas.
Los algoritmos, por su parte, automatizan la cobertura de datos repetitivos (como deportes o finanzas), lo que recorta el tiempo para que los periodistas realicen su trabajo de campo y el contraste de fuentes. Para cuando finaliza su investigación, ya la IA se ha posicionado ante ella con la facilidad con que un pitcher de grandes ligas lanza un strike o una bola baja a 80 millas por hora. Nada que hacer, la noticia ya está rondando el espectro mundial y cualquier agregado no es más que un triste refrito.
El caso es que los medios emplean la tecnología para adaptar la oferta informativa a los intereses de las audiencias y optimizar la gestión de suscripciones y la IA les generar contenidos sintéticos con lo cual incrementa el riesgo de propagar noticias falsas y sesgos algorítmicos que afectan la credibilidad y entonces la desinformación y los sesgos se convierten en una verdad pura, compartida por las mayorías, lo que a su vez obliga a las minorías a aceptar una mentira como verdad por falta de comparaciones con otras fuentes que expongan lo contrario o al menos permitan el beneficio de duda: La facilidad para generar contenidos sintéticos incrementa el riesgo de propagar noticias falsas y sesgos algorítmicos que afectan la credibilidad. Oponerse significaría debilitar el modelo de negocio de los medios.
Por ello, la responsabilidad no debería caer en el comunicador sino en las redacciones de los grandes medios de comunicación que deben establecer normas claras y explicar a los lectores de forma explícita dónde, cómo y con qué supervisión humana se utiliza la inteligencia artificial. Sabemos, quienes hemos estudiado la profesión, que los principios fundamentales del periodismo se basan en la ética profesional y en la búsqueda de información confiable para la sociedad. Aunque existen varios códigos deontológicos, las reglas esenciales se resumen en siete puntos que se inician con un compromiso con la verdad y continúan con la lealtad hacia los ciudadanos por encima de presiones comerciales o políticas.
No es necesario aclarar que la disciplina es un rasgo de gran valor pues toda información merece ser verificada y contrastada con otras fuentes informativas antes de su publicación
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Y, finalmente, entender que el medio debe funcionar como un espacio abierto para la crítica, el debate y la pluralidad de opiniones.
Respeto a los derechos ajenos: Se debe cuidar la intimidad, la presunción de inocencia y la protección de los menores o víctimas, evitando el daño innecesario. Acerca de la responsabilidad social: El comunicador asume que la información es un bien social y debe actuar con rectitud, honestidad y métodos lícitos.
Los espero para la próxima segunda parte: La desinformación, en ocasiones voluntaria.
Gustavo Oliveros. Gustavooliveros4@gmail.com. Comunicador social UCV, Maestría en ciencias de la comunicación Universidad Católica de Lovaina, Bruselas, Bélgica. Máster en neurociencia, Universidad de Salamanca, España.
Cursos psicoanálisis UCV Facultad de Humanidades Escuela de Psicología
Curso “la conciencia colectiva” (Gustav Jung)
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